Por Davo Di Pascua 

Luego de colocar el blanco y pesado harapo sobre la cabeza del condenado, el verdugo le ajustó la cuerda al cuello.

Desde el exterior de sus zapatos, el joven se veía calmo, permaneció en silencio; y al momento de preguntarle respecto a su ultima voluntad, este respondió lo siguiente:

“_si tiene Ud. Suficiente agua, seria grato me vaciasen un botellón en la cabeza_”.

Fue el mismo comandante, quien detuvo al verdugo cuando este encaminase a honrar la petición del joven hombre.

El sonido de las medallas tintineantes al momento de agacharse sobre la cantimplora, advirtieron al muchacho, quien sería su benefactor. Procedió a inclinarse tanto como la cuerda le permitía, estrechando así una noble reverencia para recibir el tan agraciado helar vertiéndose sobre la coronilla.

Al erguirse nuevamente, el paño empapado dibujaba las líneas gruesas y brutas de un rostro paciente, y la nueva transparencia de la tela, ahora dejaban sospechar el oscuro de su piel.

Las comisuras se elevaban al cielo, sin plegarias titubeantes, sin remordimientos abrasivos. Las comisuras se elevaban al cielo, como el calor que respiraba, húmedo y profundo.

Llenó de aire sus pulmones, aun con la pesadez del trapo adhiriéndosele en las fauces.

Era un día caluroso, y la primavera se respiraba espesa y dulce, mientras la sombra de los arboles parecía danzar desde dentro de la radiante capucha.

“_Huelan caballeros,

Este es el aroma de las flores de todos sus muertos,

No dejen que nada,

Ni nadie,

Les robe este momento… _”.

Al finalizar el minuto de silencio luego de las ultimas palabras, solo se escuchó el sonido de la bota del comandante sobre el improvisado taburete, seguido del suave y violento sacudir de las hojas del abedul.

Ya no estaba, el muchacho había desaparecido, dejando solo la silueta de su boquiabierto y sonriente rostro bajo el húmedo paño, como un cascarón vacío, sin un cuerpo que le habitara debajo.

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