El taller MANTA – Residencia artística, bien conocido en el circuito de las artes plásticas y el arte contemporáneo de nuestro país,  y que esta ubicado físicamente en nuestra ciudad. El el pasado 9 de noviembre la muestra de cierre, de una serie de encuentros artísticos que se estuvieron realizando durante el año, 13 artistas que confluyeron en un espacio para hacer una muestra de su trabajo.

Para entender mejor de que se trató, les compartimos este texto de la curadora encargada de los encuentros, Eva Grinstein.

Reviso las fotos, releo las notas de mi cuaderno: son decenas de imágenes acumuladas. Todas informan e ilustran, pero hay una que se me aparece como la condensación, la síntesis material y simbólica de lo que fueron estos meses de trabajo. La miro y no puedo parar de mirarla. Voy a relatar la escena. Sasa, Lulu y Pancho están parados formando un triángulo, con los brazos sobre sus cabezas intentando estirarse en altura. Por detrás, Emilia, Vale y Fran los rodean a la vez que se enlazan con las manos, cerrando el triángulo devenido círculo. Parece algún tipo de celebración, pero no están bailando. Están ayudando a Mercedes a medir el espacio que ocupará su obra en la sala. Los demás miramos y opinamos, estamos concentrados buscando las formas de la convivencia en los espacios, las mejores maneras de coincidir sin roces, los modos del rozarse bien. Creo que de eso se trata.

Hay otro núcleo de sentido persistente que envuelve la travesía de estos encuentros en San Martín de los Andes. Se relaciona con los fenómenos de la Naturaleza, con sus efectos sobre las personas y viceversa, con las delicadas, sutiles percepciones de quienes viven muy cerca de ella. Ir a San Martín siempre es volver al voluptuoso paisaje de fondo de montañas, lagos, ríos, vegetación, pero también y sobre todo es la maravilla de pasar el tiempo con un conjunto de seres que viven mucho más hermanados que yo con la Naturaleza, todos los días, mirándola y aprendiendo. Los envidio dulcemente. Mis estadías son fugaces, sin embargo me voy cargada con sus perlas de nácar, las cosas dichas al pasar. Apuntes de la cotidianidad patagónica: beber elixir de limón y miel o jarabe de sauco; ver el cuerpo como un árbol; notar que el corazón parece un fruto; venerar el bosque hasta sentirse duende; nunca frenar el auto en el camino durante la tormenta de nieve; dedicar buena parte de una conversación a las florcitas azules silvestres minúsculas de la primavera. 

Arriesgando un orden entre tantos posibles -¿hay algo más lindo que el juego de los parentescos?- pienso que las obras de los catorce artistas con los que compartimos esta experiencia remiten a alguno de estos dos ejes, o a su cruce: relaciones entre las personas, relaciones con la Naturaleza, fusiones y mutaciones entre personas y Naturaleza. Aquí vamos.

I.

Sasa crea oráculos, altares, acciones efímeras que le permiten conocer algo de las vidas de los demás para luego narrarlas; lo que recibe lo devuelve transformado, es una contadora de historias. Marina construye un círculo de mujeres a las que guía mientras ellas mismas descubren los pilares para su propio sostén, la fotografía es apenas una excusa, la confusión es la regla. Lucía investiga las dinámicas que suceden entre personas sumergidas en una erótica virtual, al hacerlo se desdobla y es a la vez cuerpo participante y mente observadora. Astrid profundiza en los rituales de la muerte, la de los seres queridos que es en cierta medida la suya propia, los pliegues de una despedida suave, el adiós como pasaje. Dani recopila palabras, las amasa y las convierte en sensaciones, en su obra la sustancia de lo que puede ser dicho se vuelve insumo de poesía.

II.

Fran se enamora del espíritu frágil y poderoso del musgo y decide aplicarlo al absurdo de la construcción de una escalera; intuyo que lo hace para poder tocar, regar, seguir estrechamente durante días un volumen casi inasible. Pancho deshace con sus gestos lo que el hombre le hace al paisaje, les convida un lugar en el arte a las flores y a los árboles, pienso que es su manera de restituirles el latido vital. Clint recolecta, construye y quema, deja que el fuego tenga la última palabra y que decida sobre objetos y materias. Marcelo cristaliza escenas de ensueño entre elementos que cruzan el umbral de los reinos: animal del agua que baila con volcanes y caracoles, sonidos ondulantes, magia de luz y oscuridad.

III.

Emilia explora el sistema nervioso entendido como árbol, sus ramificaciones sensibles la convierten en puro campo de experimentación orgánica, se permite la disponibilidad total y deja que el movimiento fluya. Suyai sueña que se rompe hasta convertirse en otra, alguien fuera de sí, disecciona sus partes, traza analogías y entabla conversaciones entre fragmentos naturales y artificiales. Valeria inventa un viaje épico para un barco y su fauna de navegantes, podemos intuirlos en sus cantos, en sus voces, en los ecos extraños de sus instrumentos. Horacio se obsesiona con los derroteros de los héroes, sus guerras por el territorio y sus avances y retrocesos sobre una Naturaleza esquiva, en definitiva imposible de conquistar. Mercedes -y volvemos a la foto del principio- imagina unos cuerpos habitables de paja dispuestos para mirar al otro, para poder apreciarlo o apreciarnos en toda nuestra extrañeza.

Por supuesto podrían agruparse de otra/s forma/s… Este es un orden tan provisorio como nuestros acuerdos. Que cada uno diagrame las clasificaciones que más le gusten. O mejor no clasificar. Mejor abandonarse al disfrute de una torre en llamas viendo cómo algunas certezas estallan y vuelan por el aire. También de eso se trata. Y cebarnos, arengarnos, sostenernos. Acompañarnos en la construcción de estrategias de supervivencia, y en la dispersión. Buscar, juntos, los mejores roces posibles para lo que hacemos y pensamos, para lo que somos. Fuego en la torre. Algo se quema y no hay culpables. Nos reunimos y celebramos el derrumbe.

Eva Grinstein

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