Por Jóvenes por la memoria Neuquén

Hoy a 25 años de su fallecimiento queremos recordar a Jaime de Nevares. Don Jaime, como lo llamaba la gente, el mismo que decía en palabras y en acción “El amor de Cristo nos urge” (Pablo, 2 Cor 5, 14). Esa frase que caracterizó a su obispado y a su andar. ¿Pero que nos quería decir con esto? ¿Por qué este rezo y no otro?

Para lxs cristianxs, la palabra caridad significa el amor puesto en práctica. “Donde está la caridad y el amor, allí está Dios”. Es un lema que se repite los vicentinos en la Caridad de Cristo. “El amor al otro, al prójimo concreto”. “No se puede amar a Dios si no se ama al prójimo”, reitera San Juan.

Este mensaje fue el caballito de batalla de Don Jaime en toda su vida y la motivación de todos sus grandes gestos, acciones y decisiones, siempre en favor de los más necesitados. Él se encontró en esa frase y allí también  encontró al pueblo o el pueblo lo encontró a él. Don Jaime era de los que siempre conocía el nombre de las personas con las que hablaba, tenía ese respeto e interés por conocer al otro.

Pensó para Neuquén una Iglesia pobre y humilde. Una Iglesia que sea un espacio de libertad y de encuentro; que nos invitara a pensar en el otro, a amar al otro. Desafío los tradicionalismos proponiendo para algunxs, una visión más horizontal y comunitaria del ser iglesia aún en los contextos más hostiles. Así es como a lo largo de la historia lo hemos encontrado acompañando al pueblo mapuche de nuestra provincia, compartiendo su camino como el propio y tendiendo la mano para ayudar siempre que pudiera.

Levantó su voz y en ella el grito del interior profundo, denunciando las injusticias y el abandono en el que se encontraban lxs criancerxs, la obscenidad en el reparto de tierras y la constante lucha de estos por preservar su estilo de vida, sus ranchos y familias. Acompañó a lxs trabajadorxs, de distintos rubros y distintos procesos de organización gremial , como en el recordado Choconazo, apoyando, siendo vocero ante autoridades nacionales y siempre defendiendo su justo reclamo.

En otros casos, se erigió como el puntal de la creciente organización sindical, abriendo caminos como fue el caso de lxs trabajadorxs de la educación: el gremio ATEN tuvo sus primeras reuniones, en plena dictadura, en el obispado, el Colegio María Auxiliadora o el Colegio Don Bosco, apoyados y amparados por el obispo neuquino.

«Dar testimonio, aun en momentos difíciles”

Así definió Rodolfo a Walsh a quizás unas de las tareas más importantes de la década del 70. Y si hablamos de Jaime es obligación hablar de Derechos Humanos.

Desde la “Misa por la Justicia”, de 1971, en la que denunciaba y pedía por la libertad de los presos políticos de Onganía y Lanusse; pasó posteriormente a ser también uno de los fundadores de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) a nivel nacional, y rápidamente fue quien convocó a la ciudadanía del Alto Valle a formar la delegación local de la APDH. Además de ser firme compañero y escolta en los primeros pasos a las Madres de Plaza de Mayo, Filial Neuquén y Alto Valle.

Organizó alrededor de una Iglesia del pueblo una resistencia ecuménica a la dictadura, con las “Marchas de la Fe”, las actividades Comunitarias, el llamado a “No quedarnos callados”, a “No tengamos miedo”. Recibió y respondió todas las cartas que llegaban a él de familiares de detenidxs/desaparecidxs solicitando información o alguna averiguación ante el ejercicio. Y a cada paso no dejó de denunciar a la dictadura de forma incansable.

Se preocupó por mantener una Iglesia abierta al perseguidx, a sus familiares y a todo aquel que buscaba refugio. Allí se encontraban una palabra de aliento y un abrazo hermano, como recordarán familiares de desaparecidxs de todo el país hablando de las “cartitas de Don Jaime”, aquellas que de su puño y letra intentaban dar ánimo, invitar a seguir luchando y dar una respuesta humana en medio de tanto horror.

Después de esto Jaime no cesó en su Búsqueda por la Verdad, la Justicia y en contra de los gobiernos que imponía la derecha mundial en América Latina. Un ejemplo de su continuo compromiso fue el gran trabajo que realizaron desde la Pastoral de Migraciones recibiendo a muchas familias chilenas que llegaron a Neuquén escapando de la dictadura de Pinochet. Así como en 1989, durante el plebiscito en Chile, participaron activamente de la campaña del NO, en contra del gobierno de Pinochet. Y como diócesis de Neuquén acompañaron a las familias a registrarse para aparecer en Padrón Electoral y luego votar.

Retomar su ejemplo

Actualmente en el marco de una pandemia, de un virus que nos parece profundizar lo individual y una cuarentena que encuentra a gran parte del pueblo empobrecido, precarizado, sufriendo despidos o la ausencia de trabajo; donde lxs más humildes padecen la desidia y se organizan como pueden para sobrevivir la pandemia y, en algunos casos, mueren ayudando al otrx; recuperar el ejemplo solidario, humano y de amor al prójimo de Don Jaime resulta no solo inspirador, sino también necesario.

Durante los años que ejerció como obispo (desde 1961, hasta su retiro en 1991) no dejó de ser referente para el pueblo humilde, acompañando e incentivando a la organización social y denunciando las injusticias. Lxs jóvenes que vivieron esa época son hoy, adultxs referentes de nuestro Alto Valle.  Y son ellxs quienes mantienen, desde su partida, en 1995, el espíritu combativo que sembró Jaime en la época más oscura. Y que, paradójicamente, gracias a su existencia, es luz para nosotrxs, quienes creemos que  Neuquén sigue siendo “la capital de los Derechos Humanos”.

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