Relato número 6 de El ojo negro y otros relatos, el nuevo libro de ficción del escritor local Marcelo Impemba.

«La mano sobre la nieve. Tan pálida, que se confundía entre los millones de moléculas de agua congelada sobre la que se posaba suavemente. Por el peso mismo, se había marcado el contorno de los cinco dedos dibujando los acanti­lados de un continente sin mar.

Descansaba allí extendida, acariciando una nube coagulada por el frío.

Una quietud pegajosa se adhería a musgos, flores, troncos, hormigas y aves. El silencio de mi respiración se confundía con el aliento congelado.

Era como andar a ciegas por galerías de una mina abandonada, tratando de recordar un momento de una calma semejante.

Recordé aquella vez en mi niñez, cuando estaba con todo mi cuerpo extendi­do sobre una salina muy blanca, de las que abundan es esos paisajes desolados de estepa, tan extensa como un océano deshidratado. Tenía la sensación de flotar, suspendido sobre un cielo purpura invadido por estrellas brillando tan cerca, que si extendía mis manos podía llegar a tocarlas.

Las mismas estrellas que nadaban en el espacio vacío, cuando era un crío so­litario y me sentaba fuera de mi casa durante las frías noches para observarlas. Cada vez que salía la luna llena, su luz pálida inundaba aquel terreno pelado, barrido por un viento que comenzaba puntualmente a las cinco de la tarde.

Esa zona indeterminada de la infancia en el campo, marcada por pocos juegos y mucho trabajo, no había sido fácil ni agradable. Por el contrario, en aquellos para­jes se crecía de golpe. Criado junto a seis hermanos por mi madre mitad indígena y mitad gringa, quien se encargaba de la casa sin quejas ni reproches. Nuestro hogar de piedra pegada con barro, techo de chapa bajo para aguantar los venta­rrones cargados de tierra y desesperanza, estaba en mitad de la nada y rodeado de corrales con palos desparejos y jarillas secas. Mi padre iba y venía entre el alcohol y trabajos temporarios mal pagos, como puestero de estancias cercanas.

Desde pequeño supe de pocos juguetes heredados, y me hice cargo de soltar los chivos y de la recolección de la leña todas las mañanas.

Nunca pude compartir lo que me pasaba. Desde los once años podía ver y escuchar cosas.

Cada vez que sentía esa extraña sensación, era un temblor que aparecía de repente desde las profundidades de la tierra. Una especie de alarma que no podía detener. Me invadía una inquietud que iba subiendo por chimeneas que traen el aliento a sílice y cuarzo. Era la oportunidad de resquebrajarse la carcasa que me envolvía como una burbuja, mezcla de realidad y sueño.

Escuchaba voces que me hablaban. Ante el sabor de la incomprensión y el temor al rechazo, no conté a nadie del asunto. ¿Qué respuestas iba a dar? El aislamiento siempre fue mi compañero de vida.

Al principio me daba temor. Luego el miedo se fue amoldando a la rutina. Era como si me hubieran dado una capacidad adicional.

Desde que vengo registrando estos extraños sucesos, solo tenía que extender las palmas de mis manos sobre un animal, un árbol o una piedra para desper­tar esa percepción adormecida. Las acercaba lo suficiente, pero sin llegar a to­carlas para comenzar a vibrar con sus energías que fluían sin parar. Era como cruzar puentes colgantes sobre precipicios que separan mundos movedizos. Atravesarlos me confundían con un presente que se iba diluyendo, para entrar en una selva enmarañada que escondía sonidos, caras, gritos, cuerpos, olores y miradas.

Nunca lo había experimentado con otro ser humano. Hasta esa noche, veinte años después en el boliche de campo, donde me había detenido para tomar unas copas de grapa, que calentaran las tripas y me ayudaran a dormir en mi puesto una legua más adelante. Fue cuando un forastero que calzaba un som­brero de ala ancha, me extendió su mano para presentarse. Primero vi su mano gastada, y cuando la sostuve en la mía sentí una descarga que me sacudió desde el antebrazo hasta los pulmones. Una energía oscura y maldita me dejó parali­zado y sin respiración.

Ahí levanté la vista, y vi sus ojos encendidos como esos carbones de un fuego al rescoldo que no terminan de apagarse.

-Edelmiro Campos y vengo a buscarte-, me dijo con una voz hueca y despro­vista de humanidad alguna.

Comprendí de inmediato que mi tiempo se había terminado. Quien me había dado este don o esta maldición según como se la mire, venía a reclamar su parte del trato. Lo sabía desde que entré aquella cueva de La Salamanca como la llamaban en los pueblos de alrededor.

Historias repetidas de boca en boca, decían que quienes ingresaban a sus os­curas entrañas, salían con una capacidad o un poder especial. Yo era un niño aguijoneado por la más pura curiosidad, y porque no admitirlo ahora, también deseaba contar con una habilidad particular que me distinguiera del resto. En aquel hueco en la montaña, las fuerzas de la tierra y del mal me habían adverti­do que no era para siempre. Y el desafío no iba a ser gratuito, tenía que entregar a cambio mi vida.

Con la mejilla apoyada sobre las sucesivas capas que dejó una nevada tardía, que había caído fuerte y pareja desde el este, solo podía ver mi mano reposan­do sobre la nieve. Las uñas eran unos zócalos de mármol y las venas parecían vertientes secas del llano. La piel estaba cuarteada por la intemperie y el polvo, después de tantos años arriando ganado ajeno y esquilando las asustadas ovejas de patrones extranjeros.

Esta vez, venía atento a los sonidos secos de mis pasos. Con cada pisada, mis botas gastadas se enterraban parejo en una placa compactada por el frío de la mañana. Sentía el crujido característico al romperse las partículas de la lluvia solidificada. No había percibido que todo era sosiego a mi alrededor, como si el paso de las horas se hubiese detenido.

Había salido a buscar un par de animales que seguramente se habían quedado encajados por la nevada. Iba dando zancadas por un cañadón de paredes altas y rojizas que terminaba en una pampa, donde crecían unos pastos verdes y tier­nos en primavera, pero que ahora estaba cubierta por ese manto blanco que bañaba el paisaje hasta donde alcanzaba la vista.

Fue en ese momento que escuché el ruido seco, como el trueno que prece­de al rayo. Algo que me atravesó el pecho desde la espalda. Caí primero de rodillas y luego quedé tendido sobre una infinita sábana de algodón. Sentía fluir un líquido espeso que penetraba el hielo. Así quedé tumbado, mientras se agolpaban recuerdos y culpas.

Desde lo alto y en el borde del barranco, estaba parado Edelmiro Campos con su Smith & Wesson 38 aun humeando en su diestra, mirando aquel cuerpo con el brazo extendido, desparramado en el cauce de un río evaporado y sin nombre. Debajo, una mancha roja se esparcía contra una blancura casi perfec­ta, como la primera claridad del cielo al amanecer.

Fue un disparo certero, sin aviso ni perdón. El pasado que vuelve para cobrar su deuda.

Los ojos cristalizados por el hielo y el espanto de quien fue en vida Ignacio Na­huel Marifil, miraban sin ver la mano que alguna vez tuvo la destreza de captar las huellas imperceptibles de la vida.»

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