Por: Sandra Marín

Elisa me preguntó si tenía tintura madre de ñanku lawen, porque anda con su presión un poco descontrolada y necesita tomarla para estar más serena. Bueno, no tenía, qué pena!

El ñanku lawen, ese tipo de valeriana patagónica que crece en zonas de montaña áridas (desde Neuquén a Santa Cruz, dice Marcela Ferreyra a quién también le robo unas fotos), es una planta parienta de la que se consigue en herboristerías, que es la Valeriana officinalis (oriunda de Europa) y que se ofrece en cápsulas, tinturas y otras variables. En nuestro territorio más próximo la encontramos. De hecho hemos visto algunas plantas en caminatas jarillenses por los senderitos del Barrio Los Radales.

Como que no nos copa mucho recolectarla porque la parte que ofrece su don es la raíz, con la consecuente muerte de dicha planta. Y por eso, cuando necesitamos el poder sedante y tranquilizador de alguna bueneza, dependiendo del caso, más bien nos apoyamos en hipéricum, lúpulo, melissa, manzanilla, pasionaria, etc. etc.

En fin…

Ayer fue un día de ordenamientos varios en el hogar. Desde cajas y latas a algunas bolsas de papel conteniendo plantas secas que estaban fuera del gran canasto de los yuyos. Sorpresa, tremenda sorpresa fue encontrar tres palitos de ñanku lawen que alguna vez la querida compañera “Ruth del Pinar de Lolog” supo convidarme.

Cómo puede ser que justo aparezca cuando la rubia la necesita? Todo es tan mágico y perfecto y todavía nos cuesta comprender esos otros mundos más sutiles. Tanto hay para seguir aprendiendo, no?

Bueno, como no acostumbro hacer remedios de noche pues las ñañas me han enseñado a proteger esos lawenes y protegerme yo misma de todas las energías que liberadas, fluyen junto con las estrellas, y ya se había hecho tarde, dejé sobre la mesa el mortero con las raicitas secas, el alcohol medicinal y la botella vacía donde haría la tintura madre, además de muchos papeles con escrituras, libros, el termo y el mate, la compu, etc.

Me fui a dormir pero toda la noche fui interrumpida por ruidos extraños en la planta baja. La fiaca era grande, así que me daba vueltas en la cama y buscaba seguir durmiendo. Tipo cinco de la mañana la situación ya no dio para más y decidí bajar a ver qué sucedía. Y ahí la encuentro a ella: mirada extraviada, baba chorreando, toda cachonda-excitada-borracha-como drogada frotándose contra el cuenco donde sólo estaba la mitad de las raíces. El resto yacía esparcido por la mesa y el piso, masticado y ablandado. El característico “olor a pata” de la valeriana inundaba el comedor. Y ahí me acordé!!! Clarooo, al igual que la Nepeta cataria o menta de los gatos, todas las valerianas tienen un aceite aromático que enloquece a los felinos, y fue lo que le sucedió a la Sakurita. (Quizá hayan visto este efecto en algún video)

Sakurita

Bueno, lo de la gatita es una anécdota pintoresca que viene a complementar la sincronicidad existente entre la necesidad real de una amiga y la aparición de la bueneza, aún cuando esto era bastante improbable.

La Red Jarilla tiene múltiples espacios que sostienen y definen nuestros rumbos políticos, filosóficos, sociales y espirituales, porque nos consideramos una trama viviente y un organismo plural. Tenemos grupos locales en varias ciudades, tal es nuestro caso aquí en San Martín de los Andes donde somos las Quinchamalíes, “Las Quinchas”. En Chos Malal encontramos a Les Mayales, en Mallín Ahogado a Les Matiques (Matico, Pañil), y así.

Durante 2019 dimos entidad a un querido grupo que nos acompaña desde hace mucho tiempo y que la naturalidad del nacer y del morir, parte de la misma cosa, hace que vaya creciendo poco a poco. Se trata del grupo Wangelen (estrella en mapuzungun), conformado por quienes se nos adelantaron y hoy yuyean desde otro plano.

Saben, yo creo, que la Pata con sus travesuras desempolvó esas raicitas. Posta, yo lo creo!

Sandra Marín, enredada jarillera

Julio de 2020

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