Por Cristina Valdez, Piren Huenaiuen, Pety Piciñan -Kimeltucefe (educadoras) Lof Puel Pvjv

La “pandemia” desatada por la circulación del covid19 en todo el mundo nos lleva a pensar como, una vez más, una enfermedad wigka (wigka kvxan), como el coronavirus se despliega en forma simultánea al avance territorial extractivista de occidente.

Este proceso de enfermedades emergentes, traídas y contraídas en territorios diversos y específicamente en territorios indígenas, se inicia en período de conquista y colonización y muestra en el presente inmediato del periodo de acumulación extractiva una fase cruel y destructiva que alarga la desigualdad/es que atraviesa/n a la sociedad indígena.

Sostener que esta es una enfermedad wigka que tiene impacto dramático para los Pueblos Indígenas no supone concebir que como indígenas, y en particular como mapuce estamos exentos de enfermedades y somos ajenos a estos procesos que “afectan” a la diversidad de vidas. Más bien, nos permite destacar que la continuidad radica en cómo estos sucesos se dan en el contexto de pérdida de nuestra autonomía y libre determinación en relación con los territorios. Esto último, implica la conocida y siempre crítica situación territorial de las comunidades en términos de personería jurídica y acceso, pero particularmente en lo que nos preocupa en este momento vinculado al ejercicio de nuestra espiritualidad y nuestros conocimientos medicinales como las restricciones en la recolección y uso del baweh (medicina mapuce). Ejemplo de estas restricciones se dan en las limitaciones para la entrada de medicina en las aduanas argentino- chilenas que se reformó recientemente pero que, en estos tiempos se expresa en el cierre de las fronteras y la prohibición de circulación.

Estas limitaciones al ejercicio de nuestra autonomía, que es de larga data en las realidades indígenas, en la actualidad se combinan con situaciones de extrema pobreza, vulnerabilidad socioeconómica, cultural y lingüística. Estas condiciones se expresan en muertes por mal nutrición de niños indígenas en el norte del país hasta el aumento de casos de cáncer acá en el sur en comunidades mapuce y criollas asediadas por el fracking y la mega minería.

Esta enfermedad, la cuarentena, la intervención y el control estatal sobre la vida, significó el aumento de prácticas persecutorias y racistas que ponen a los indígenas como sujetos de reprimenda.

Como mapuce en la ciudad las posibilidades de circulación para resguardo territorial y/o acceso al territorio no están previstas ni garantizadas por las normativas vigentes. A esto se suma que la población mapuce de Lof como el nuestro, se sostiene en el trabajo independiente o dependencia precaria sin estabilidad económica lo que hace de la cuarentena un momento “crítico” que dificulta las posibilidades de asegurar el sustento diario.

Quizás, el aspecto más relevante y menos referido, es que esta “pandemia” es la explicitación de la ruptura de equilibrio en la relación entre ixofij mogen (biodiversidad) y ce (personas). La poca importancia que occidente otorga a los vínculos entre las personas y las demás fuerzas de la tierra se traduce en la persistente “incredulidad acerca de la capacidad de agencia y autonomía que estas fuerzas tienen”.

La poca consideración de estos vínculos como constitutivos de la posibilidad de vida en Waj Mapu son coherentes con estas posturas que sostienen que la humanidad es el verdadero virus. Este pensamiento oculta la posibilidad de pensar un modo de vida vinculante, de cohabitabilidad entre pu ce y demás vidas. Fundamentalmente pensar que otro modelo económico y de “desarrollo” es posible. Ideas que ocultan las responsabilidades del modelo económico imperante “capitalismo extractivista” en el arribo a este estado de situación.

Todo esto que decimos no es de hoy, no es nuevo, lo venimos denunciando hace tiempo y también venimos ejerciendo derecho, identidad y cultura por ejemplo, cuando escuchamos el llamado del Pijan Mawiza volcán lanin y comenzamos a ejercer como Pueblo una ceremonia que nos reúne cada año.

Esta pandemia que restringe la movilidad de personas individuales y colectivas y que intenta además administrar nuestros tiempos y organizar nuestras rutinas diarias, está imposibilitando los acompañamientos que las autoridades espirituales mapuce acostumbran a realizar a otras comunidades y personas mapuce que atraviesan situaciones particulares. Los permisos de circulación que los estados habilitaron en tiempo de emergencia, no consideran particularidades culturales- étnicas y menos aún las realidades locales que suponen grandes distancias que separan a las comunidades mapuce de los pueblos y con otras comunidades. Esos permisos exigen algunos requisitos que nuestras autoridades, Pijan Kuse, nuestros Logko, no pueden cumplir, como definir un domicilio en el que se despliegue a la actividad y contar con un vehículo propio como movilidad. Estos criterios homologan las características de las comunidades indígenas a las de otros agrupamientos, por ejemplo los religiosos.

Este periodo de reclusión obligatoria en el que se sostiene el slogan “nos cuidamos entre todos” nosotros decimos que es imposible hacerlo si no tenemos acceso a algo tan vital como el agua. En nuestra comunidad el agua es una “necesidad” no resuelta y a pesar de ello seguimos proyectándonos, construyendo los espacios comunitarios y gestionando nuestras demandas en todos los ámbitos que podemos. Sabemos que nos somos los únicos, en el barrio en el que nos ubicamos en la meseta de Neuquén, que se vende como el lugar para la expansión de la ciudad, los vecinos de Colonia Nueva Esperanza, hace tiempo padecen la falta de agua entre otros servicios no garantizados. Mientras, las disputas territoriales entre los municipios, la provincia y nación siguen creciendo. Por eso, nos incomoda la insistencia en que algunos sectores sostienen “todo va a pasar” cuando sabemos con clara seguridad que las familias y comunidades que hoy padecen los estragos de la cuarentena, seguirán viendo insatisfechas sus necesidades e incumplidos sus derechos.

Decimos entonces, que esta situación evidenció más aún las desigualdades sociales y culturales y creó la necesidad de pensar la salud de manera integral para prevenir o prepararnos para enfrentar todo tipo de pandemias. «Cuando planteamos que la salud mapuce o la salud de los pueblos originarios es integral, es porque están basados en nuestra cosmovisión. Se tiene en cuenta el entorno natural donde se vive, la relación de los seres humanos con el espacio, con el aire, con el agua, etc.»

Para el Pueblo Mapuce la salud está relacionada con el equilibrio-desequilibrio en los distintos planos de la vida de las personas. El sistema de salud mapuce contempla y atiende el plano espiritual, emocional, mental y físico; esta concepción se relaciona directamente con las condiciones del entorno territorial en el cual vivimos, las conductas y forma de vida. Y en ese sentido creemos en que los ciclos de enfermedad no pueden pensarse como hechos azarosos, sobrenaturales ni producto de intervenciones divinas, sino como derivados de acciones y decisiones humanas que van en desmedro de las demás vidas y comprometen el bienestar de la mayoría, y esto es así en el presente, pero también en el pasado y el futuro.

Vemos con preocupación la quietud social y la aceptación sin más de todas las restricciones que se nos imponen. Sabemos sin embargo que los movimientos sociales y los activistas se siguen movilizando, reclamando, demandando y ejerciendo derechos. Quizás hoy sea con la tecnología como intermediaria y con cada herramienta que nos siga habilitando acompañamientos solidarios, comprensivos y amorosos de esos que tanto necesitamos

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