De chiquitas nos inventaron que los malos más malos son feos, monstruosos, pobres, enanos. Y que los bellos son excelentes personas que nos salvan de los dragones y los monstruos. Son sujetos para amar y sobre todo, son sujetos en los que hay que confiar, porque gracias a ellos –y sólo con ellos- podemos llegar a tener un final feliz.

Y esas historias que de chiquitas nos contaban, fueron relatadas por los siglos de los siglos (amen) moldeando la subjetividad de muchas generaciones de pibas y pibes. Nos repitieron tantas veces estos cuentos que nos los creímos. Desde hace un tiempo algunas nos dimos cuenta de que no siempre el malo y violento era feo y desagradable, ni lejano, ni un ser que aparecía de la nada, pero es una discusión que hayamos ganado a nivel social. Nuestro inconsciente colectivo nos traiciona. Nos cuesta pensar que el copado puede no serlo. Que el hermoso príncipe azul puede ser violento y abusador.

Los progres, los compañeros, los familiares, los referentes

Desde hace años, los movimientos feministas empezamos a desmentir estos relatos y sus imaginarios. Denunciamos que no es verdad que los abusos se den en calles oscuras y que los abusadores sean personas desconocidas. Nuestras estadísticas refutaron la idea de que los violentos pertenezcan sobre todo a sectores empobrecidos. Objetamos también que haya alguna pista en sus caras o en sus formas de accionar en lo cotidiano que nos marque si son violentos o no. Ahora sabemos que casi un 80% de los abusos tiene lugar en ámbitos de confianza y que los abusadores son generalmente personas allegadas, cercanas, conocidas. Que las violencias suceden en todos los sectores sociales –pero algunos se esfuerzan más por ocultarlas-, que la belleza y la buena onda no son garantía de tratos respetuosos.

Quienes militamos y acompañamos, quienes vivimos esas situaciones, sabemos que el que te construyeron como “chico ideal” puede ser un violento, puede violarte cuando le decís que no queres estar con él, puede matarte de un golpe seco, puede salir a hacerse la víctima en todos los diarios diciendo que desapareciste, puede abusar de tus hijes, puede atraparte y prohibirte libertades. Sabemos también que las compañeras violentadas no son sólo las lejanas, las que viven en el campo, las de los barrios: es la maestra de tus pibes, es la compañera que labura en la oficina, es la abogada, es la doña de clase alta y la de clase baja, es tu compañera de estudio, tu compañera de militancia, es la que milita con vos también en el movimiento feminista. Nos dimos cuenta que esa que sufre violencia podés ser vos si no lo fuiste, que podemos ser todas.

Aprendimos también que esa violencia no sólo ocurre dentro de las parejas: pasa en los lugares de trabajo, en la calle, en los espacios de militancia, en las organizaciones sociales y en los gremios. Pasa con tu jefe, pero también con quien tenés a cargo, pasa en las escuelas. Y pasa de muchas maneras: cuando nos acallan, cuando nos sobreexigen, cuando nos violentan con frases, cuando nos acosan, cuando nos subestiman, cuando debemos de todo dar explicaciones. Y pasa en lugares hostiles, pero también en lugares aparentemente piolas. Y pasa, a veces de manera más peligrosa, cuando en complicidad se revictimiza y se sigue relativizando el discurso de las que se animan a decir, que “no seas exagerada”, que “no es para tanto”, que “es buen músico”, que” lo que hace por tal o cuál situación”, que “algo habrás hecho”.  Pasa todo el tiempo y son las situaciones que mantienen los niveles de violencia en un país donde cada 20 horas matan a una mujer y cada 16 horas abusan de un niñe o adolescente.

¿Por qué hablamos de monstruos y príncipes para entender estas situaciones? Porque operan en los momentos donde no es tan fácil levantar el dedo acusador, funcionan por ejemplo, cuando no sabemos qué hacer cuando el galancito de la historia es un terrible machista.  La idea no es generalizar, pero sí interpelar haciéndonos cargo de lo que nos toca. Porque nosotras también nos creímos el cuentito y somos parte de esto: a veces tenemos más miedo de algunes que de otres, hay situaciones que no nos animamos a escrachar, por momentos nos cuesta hablar, nos costó creer que nuestro amigo pudiera estar violentando a una compañera, a veces escuchamos a mujeres y pusimos en duda de que lo que contaba haya sido “tan así”. Fueron años de aprendizajes patriarcales, pero estamos trabajando para romper estos discursos y estos papeles asignados, para que los finales y los procesos sean felices en serio. Al final no era tan fácil distinguir al malo, los cuentos no nos prepararon para la vida real.

Un par de ejemplos: No seas cómplice

Creíamos que habíamos avanzado y que había situaciones y frases que sería impensado volver a vivir o escuchar al menos en los espacios cercanos y compañeros (aunque fuese sólo por corrección política). Y eso gracias a la militancia cotidiana, a los encuentros en las calles, a los acompañamientos diarios, a la masificación de estas temáticas en los medios, a la tan necesaria ESI en las escuelas.

Pero hace un tiempo, cuando acompañábamos a compañeras y amigas a la Escuela de Música para denunciar a un docente de música poco conocido, recibimos con tristeza y rabia las defensivas de compañeros, las inacciones y pasividades burocráticas. Y ahí pensamos dos cosas: por un lado, cómo personalizaron las defensivas y qué significa esa personalización y por otro,  qué iba a pasar cuando quien fuera denunciado tuviera mayor referencia. Ese día ya llegó: las denuncias de acoso hacia un directivo de la Escuela de Música se agruparon, una tras otra, y las incomodidades que muchas habían sufrido se hicieron voz. ¿Ustedes saben lo difícil que es hablar en un mundo que te vive juzgando? Y no fue una, fueron muchas amigas, vecinas, compañeras que contaron cómo el profe copado que está en la cúpula de la Escuela de Música las había violentado. Y sí, salimos a interpelar porque ya no nos quedamos calladas y nuestra mayor bronca no es que no se hagan cargo, sino que salen en defensa de esos violentos, como quien por las dudas defiende su quintita. Y sospechamos que la defensiva no es casual, sino política, porque defender esas acciones es defender el lugar que siguen ocupando. Háganse cargo de que su silencio también es político y que es hora de dejar de llenarse la boca y los muros de Facebook con falsos progresismos para empezar a repensar las propias prácticas, como señaló un compañero hace un tiempo: “es que los varones debemos darnos cuenta de que antes sucedían cosas que no se denunciaban, aunque estuvieran mal, y que creíamos que era la forma autorizada de levante, pero eran acoso y lo único que nos queda es hacernos cargo”.

Queremos señalar sobre todo la falta de sustento de muchas de esas defensas: no hay denuncia. Eso nos dicen los concejales para darle 150.000 pesos para irse de viaje a Cuba a “representarnos”. No queremos que nos represente un acosador en ningún lado. Pero también lo dicen los compañeros, esos que dudan también de un poder judicial que es patriarcal, clasista, xenófobo ¿Nos van a decir a nosotras la importancia, pero también los límites de la justicia? Nos piden una denuncia ante el mismo poder judicial para el que el abuso es un delito simple y que no reconoce el acoso como figura penal. Nos lo dicen a quienes por acción conocemos más del código penal que los mismos jueces. No puede haber denuncia para el acoso, por más que sea en serie, porque para la justicia no hay delito. Más allá de eso, si se pudiera, ¿quién declararía culpable a quién? ¿Los jueces? ¿Esos que a menos que tengan pruebas (muchísimas pruebas), no dan culpabilidad ni altas penas para quienes ultrajan nuestros cuerpos y nos matan? ¿Posta que el problema es la denuncia? Y qué decir de los escraches, nosotras somos las nietas, que entendimos que sin justicia, hay escrache. Si, ese escrache que defendemos como HIJOS nos enseñó. A menos que sea el docente, músico, copado y progre. Ahí se nos queman los papeles.

¿Pero qué pasa cuando sí hay denuncia? Cuando el docente, músico, copado y progre (buenísimas características que ironizamos en esta publicación) golpeó e intentó abusar de su pareja hubo denuncia, están los papeles, todes lo sabemos. ¿Ahí cuál es la excusa? Seguimos invitándolo a encuentros, se sube a nuestros escenarios, va a nuestras charlas, toca en nuestros festejos. Nos incomoda, pero no decimos. ¿Por qué en un festejo de todes, algunas debemos estar incomodas por estar con un violento entre nosotres? Nos quedamos en shock. Y a veces escrachamos, y ahí somos la que no nos bancamos nada, ahí vuelven a decir que es buen músico, que nosotras mezclamos todo, que nada nos viene bien. No, no nos viene bien que sigamos revalorizando a violentos como referentes. Primero, porque no queremos referencias que nada tengan que ver con el mundo que soñamos, y segundo, porque cada vez que se sobrevaloriza a un machito violento, se desvaloriza a una compañera. Que no puede ir, que no puede estar, que no puede decir.  ¿Por qué seguimos priorizando al docente, músico, copado, progre y violento, por sobre las compañeras que día a día le ponemos el cuerpo y denunciamos, que buscamos la salida colectiva de un mundo que nos violenta? ¿Qué pudor y que culpa se nos genera que nos evita echarlos de los espacios? Ensayamos que a nosotras nos genera cansancio tener que volver a explicar por qué nos incomoda tenerlos ahí, por qué nos duele y nos pesa, por qué nos cansa tener que explicar cada vez porque nos violenta cada vez que usurpan nuestros espacios ¿o acaso hay que explicar qué es lo que está mal en revalorizar públicamente a estos varones? ¿Hay que decir de nuevo por qué está mal pegarle a las compañeras o hacerles sentir miedo? Otra vez, ¿posta?

Ya lo sabemos: el monstruo no necesariamente es feo, ni está lejos en un lugar oscuro, ni es un facho derechista, ni es malo todo el tiempo. Para nosotras, muchas veces, quien rellena nuestras pesadillas puede ser un compañero, el que es piola, el que tiene buenos proyectos, el que es solidario, el familiar, el buen músico. No desconfiamos de todos, ¡creemos en las compañeras! porque aprendimos, que en este mundo que transitamos con miedo, nos tenemos entre nosotras.

Nos brotan los enojos y los cansancios. Porque la pelea por nuestros derechos, por tener vidas más felices, no sólo debemos darlas en las calles frente a un estado que nos oprime, frente a un sistema que nos violenta, un poder judicial que nos revictimiza, sino que también en lo cotidiano, en las camas, en los espacios de militancia, y en todos lados. Nuestro reclamo: que el mundo también sea nuestro, que las luchas las demos de verdad y en conjunto, que tengamos derechos a nuestros cuerpos y a vivir en un mundo donde quepamos todes y nadie tenga más privilegios. Un mundo donde las infancias no crezcan escuchando y creyendo que existen monstruos o príncipes, porque esas categorías no nos sirven para entender que, de este lado de los cuentos, el violento puede ser el más encantador. Estamos narrando nuevas historias: las brujas ahora nos juntamos, nos abrazamos y gritamos lo que durante tanto tiempo se nos obligó a callar.

Emilia P. Y Georgina

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