A raíz de los últimos debates en San Martín, que poco de debate tuvieron, se evidenciaron prácticas claras e impunes sobre un gran trabajo de muchisimxs vecinxs en torno a la memoria, ese tesoro de los pueblos que tanto trabajo nos cuesta.

El último hecho fue el blanqueo de los murales en el CPEM 28. La dirección de esa escuela, con el aval de once docentes del equipo de Concejo Consultivo, decidieron tapar los murales por Memoria Verdad y Justicia y otro en reconocimiento a la preexistencia de los pueblos originarios y su conocimiento.

La antesala de ese hecho fue un debate bochornoso en el Concejo Deliberante por la colocación de la escultura del pañuelo de la memoria.

Escribo hoy con preocupación, tristeza y rabia, como supieron definirla en México en los 90´, la rabia digna. Esa que los pueblos conocemos bien y que nos han llevado a conseguir grandes logros que suelen frenar la muerte orquestada por el poder.

La contracara de esta impunidad es la juventud que supo darnos una lección de despabilo cuando frenó la suba del boleto del colectivo. Hasta las lágrimas de varixs fue la emoción de escuchar a lxs pibes clarxs y sincerxs en su exposición, fundamentando por qué no queremos hambre, ni basura, ni ciudades sólo para el caretaje que viene a dejarnos las migajas por las que algunxs se creen ricxs.

¿Qué nos molesta cuando nos molesta la memoria?

“No voy a permitir que nadie me presione ni me obligue” decía una de las concejalas que argumentaba vagamente por qué un pañuelo de la memoria no podía estar en la Plaza San Martín. Cómo si los 30.000 hubiesen tenido la oportunidad de hablar entre torturas y desapariciones, como si las madres y abuelas hubiesen podido elegir tener que buscar a sus hijxs y nietxs, desaparecidos por el Estado a manos de la dictadura cívico- eclesiástico -militar.

“La plaza San Martín es para San Martín” (el prócer que murió pobre y olvidado) era otro de los argumentos. La panza se me revolvía más, recordando ese 2014 cuando la Wenu Foye se alzaría por primera vez en esa plaza pública, mientras me llegaba una foto desde San Martín en la que se veía un cartel pegado en una ventana que decía “Haga patria, mate un mapuche”.

La memoria. Esa necedad de los pueblos de volver a pasar por el corazón esos dolores profundos que nos marcaron a fuego y sangre, que nos marcaron los cuerpos. Porque gracias a cientos de miles a lo largo de la historia, nosotrxs tenemos la posibilidad de decir que somos sobrevivientes a planes de muerte que orquestan lxs de arriba, con complicidad de lxs que en los territorios codician para pocxs lo que debiera ser para todxs.

En realidad esto es más que la materialidad. Es hablar profundamente de la identidad que nos constituye. Porque no se trata sólo de que nos quieran poner en el debate una vez más la “teoría de los dos demonios” o la enajenación porque “no somos “mapuches” porque eran de Chile” . Se trata de lo que vamos a decidir recordar y lo que no, de lo que vamos a sembrar y lo que no. De esa mirada que tenemos sobre lo que realmente somos. Tapar murales y esconder pañuelos, no va a esconder la morenidad que habitamos, las luchas que dimos, los sueños que proyectamos. La memoria hecha carne en los espacios públicos le molesta al que, además, tiene que recordar que en realidad no vive en Suiza. No es ni tan blanco, ni tan rico, ni tan europeo, ni tan correcto. Le molesta recordar cómo es que ocupa hoy cargos de poder, que parecen darle cierta impunidad y ventaja para intentar anular nuestras historias. Nuestras, tan nuestras, que las revivimos en la acción concreta. Clarísimo lo dejaron lxs pibes en esa lección de empatía, amor, visión amplia y hermoso quilombo en el Concejo Deliberante. Ahí en esas acciones, en esas palabras al borde del llanto, en la voz temblorosa de las pibas gritando y afirmando que no nos vamos a callar más. Ahí, haciendo lo mismo que muchas generaciones mapuche hicieron y hacen frente al avance sobre nuestra vida comunitaria. Como lo hicieron lxs pibes de la noche de los lápices y tantxs otrxs que hoy son esos 30000.

Nuestras historias, rebalsan en la cotidianidad. Porque esta ciudad fue construida sobre la base de tantxs que murieron sometidos y de otrxs tantos que con su sudor hoy siguen levantando edificios, limpiando culos ajenos, atendiendo a quien no sabe nada de los sonidos que anidan en esta mapu.

Creo haber aclarado que escribo con rabia, porque sí. También sabemos escribir, en trazos, en dibujos, en letras, en música, en grito, en llanto, en bardo.

Escribo porque el silencio sin reflexión, es solo complicidad y porque no es polémico lo más reciente, que es tapar los murales. Es triste, es desastroso , es un acto directo contra nuestras memorias y nuestros trabajos. Yo no estudié en el 28. Pero me siento tan parte de ese estudiantado que en otro tiempo pintó esa pared, como me siento parte de esa mayoría recontra podrida de pagar casi 30 mangos un servicio pésimo, que encima, nos enseñaron lxs pibes, se lleva 6 millones de ganancia.

Habito el wall mapu, hoy convertido en estos pueblos – ciudades donde cotidianamente tenemos que recordar que de aquí somos y trabajamos para hermanar los pueblos, para que lxs que vienen puedan valorar esa raíz profunda que constituye nuestra identidad y no olvidar a quienes siendo pibes se animaron a soñar. Para que podamos valorar a esas doñas que colgaron el delantal y salieron a la calle, a todas esas papay de pañuelo que supieron convertir el dolor en lucha y siembra de esperanzas. Todas ellas, las mapuche y las no mapuche, las abuelas, las madres y a todos esxs que dieron vida a esta ciudad que no puede hoy ni con su propia basura. Que parece haber olvidado ya esa comunitariedad, que dio origen a los barrios, que enfrentó los 90´ y el 2001, que se deja ver en tanta movida autogestiva y poco valorada.

Nuestra palabra importa, nuestra memoria importa, nuestras acciones harán retroceder a tanto atrevidx suelto que se piensa que negarnos será el fin de sus miedos y responsabilidades.

Aprendimos del camino que en todos los ciclos se despierta la creatividad de los pueblos. Este ciclo que vivimos no es la excepción, cuando tocan la raíz y atentan contra nuestra vitalidad no esperen que la quietud sea la respuesta.

Maitén Cañicul Quilaleo – Comunicadora mapuche, integrante del Dpto. Informativo de Fm Pocahullo y el Tábano digital

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