* Por Nelson Santacruz, redactor de La Garganta Poderosa, desde la Villa 21-24.

En términos periodísticos la cosa siempre estuvo difícil. Pero la ética con la que se inclinan a tocar las problemáticas de nuestros barrios populares se vuelve cada vez más contaminada, como el agua. La información no suele ser potable, tiene olor, está congelada o es salada. Y aquella que nace de los medios alternativos, no fluye. No circula gracias a ellos, los monstruos de la opereta, que cierran las canillas de los recursos, algoritmos y la visibilización. Que reciben pautas abultadas para hacer del dolor popular un show. La semana pasada, la zona oeste bonaerense nos sorprendió con una noticia: «la cocaína envenenada». Hasta la fecha ya hay más de 20 personas muertas, y no son muertos cualquiera, ni números, ni ricos, ni casos aislados. Atrás no está el Barrio Puerta 8 como responsable, como la cuna de los males de la adulteración, etc, etc, etc. Atrás están las familias destrozadas y un Estado ausente, enredado en un narcotráfico muy presente.

Dicho esto, ¿cuál es la raíz? Quienes vemos a aquellos que no consiguen lugares de rehabilitación, que no poseen psicólogos, que no son visitados por asistentes sociales, que no son contenidos más que por algún familiar sin herramientas para afrontar la situación sabemos que esto sucede porque hay un narcotráfico que se maneja como si fuese un Estado aparte. El sistema institucional que debería acompañar a los pibes no es suficiente: Sedronar colapsa y deja mucho que desear. Mientras tanto, ese segundo Estado nos carcome porque las organizaciones sociales que estamos atrás de las juventudes no somos acompañadas con recursos, y hay unas cuántas leyes de emergencia que deberían declararse después del aterrador panorama que nos dejó el inicio de este mes. Fue una cachetada si, pero si de envenenar habláramos, nos envenenan hace rato.

Estamos hablando de juventudes empobrecidas que mueren directa o indirectamente por algo que se dice que se está combatiendo hace, al menos, 25 años. Sin embargo, el barro es cada vez más barro. Zombies, como se les llama, sin nombres ni apellidos, y listas de muertos quedan en las paredes de nuestras villas. Sin exagerar, eh… Porque, como escribí hace poco, cuando no tenés baño, ni techo, ni comida, ni agua, ni luz, ni abrigo, ni útiles escolares, ni curitas, ni zapatillas… la posta es que la autodestrucción se vuelve más atractiva. O tal vez la única vía.

Dicho esto, ¿qué necesitamos los vecinos? Declarar una emergencia, seguro. Una solución didáctica sería promover leyes que sean más integrales para las personas en situación de consumo, y que se cumplan. Hace poco vi un reel donde Sebastián Sánchez, referente de la organización Vientos de Libertad, expresaba: «No venimos a hablar de narcotráfico, sino de narcoestructura». Complementaba, también, diciendo que «el abordaje comunitario es lo que viene a revolucionar a un modelo médico terapéutico que no dio respuestas». Y cerró: «Una mirada integral sin trabajo, y sin vivienda, no es mirada integral». Sentir a Sedronar codo a codo con quienes conocemos el barrio sería otro avance. Y, lo que suele desestimarse casi siempre, promover el acceso a la salud mental para las personas que no puedan pagarlo es fundamental. Más allá de quienes sufren de adicción. Otra tarea pendiente es incentivar con recursos a las organizaciones sociales que conocemos a los pibes, sobre todo porque hacemos lo que le corresponde a muchos funcionarios que tienen dietas muy elevadas al lado de nuestra salario mensual, que no llega al mínimo vital y móvil, en un país que tiene más de un 40% de pobreza.

Dicho esto, ¿qué hacemos las organizaciones sociales? Lo de siempre, poner el corazón. Tengamos las diferencias que tengamos, todas sentimos el dolor de ver a un chico consumirse. Y de la Justicia, con todo el aparataje violento policial, ni hablemos. Vemos más pobres, que fueron usados para ir presos en nombre de los verdaderos responsables, que justicia social. Porque digamos la verdad, hoy, ¿quién no descree de la Justicia?¡Que lance la primera piedra! No cabe duda que en todos los poderes, por acción u omisión, se gesta una triste complicidad. Por ahora, lo que podemos dar las orgas se inclinan al cooperativismo que poco o nada compiten con el dinero negro que hacen circular «los de arriba». Sin embargo, no se pierde la esperanza de ser escuchados, ni la voluntad de seguir presionando a las instituciones responsables a que cumplan su rol. Porque esto no se trata de seguirle el caprichito a una organización; se trata de vidas.  Es tender puentes para que fehacientemente se contenga a los que peor la pasamos.

Dicho esto, finalmente, ¿qué van a hacer ustedes? El gobierno nacional, digo, porque este “flagelo” no pasa ahora, ni ayer, ni solamente mañana. Por ahora es una incógnita. En serio, ¿qué van a hacer? Todavía no lo sabemos.

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