Por Marcelo Impemba

En este entorno, desarrollado en la primera parte del artículo, la comunidad local de un destino turístico termina siendo un actor ausente, favorecida de los supuestos beneficios económicos, pero es quien padece las consecuencias con los impactos de esta actividad en el marco de una pandemia de dimensiones nunca vistas.

A esta altura, resulta necesario reflexionar sobre un contexto complejo, que nos debería interpelar como sociedad, cuestionando supuestos dados como verdades incontrastables, pero que no se apoyan en datos o evaluaciones que los sostengan.

Si analizamos la realidad local, la difícil situación económica de los distintos prestadores turísticos de San Martín de los Andes no deviene de los últimos nueve o diez meses, y si en cambio de los últimos años de una política nacional durante el “macrismo”, que fue a contramano de las Pymes y la producción nacional. Veamos como ejemplo el sector hotelero de nuestra ciudad, y sus problemas de rentabilidad, se deben entre otras razones al aumento de costos, como los gastos variables como consecuencia del fuerte aumento de los servicios públicos.

Según los datos aportados por el Departamento Observatorio Turístico de la Secretaria de Turismo, la ocupación promedio anual nunca ha superado el 45% en el mejor año del 2014. La oferta de alojamiento se redujo un 7% en la última década, significa que no hubo nuevos establecimientos, por el contrario 474 plazas menos se han “fugado” del sistema. Estas plazas seguramente no desaparecieron, en cambio se trasladaron al alojamiento no registrado / inmobiliario que representa un 30 a 40%. Estos servicios de alojamiento no estarían protocolizados. En otras palabras, hay un treinta o cuarenta por ciento o quizás un porcentaje mayor de turistas no registrados y que no están alcanzados por protocolo alguno en su alojamiento.

Yendo a lo particular, es falsa la dicotomía residente – turista o vecino – visitante, siempre lo ha sido. También es “turista” amigos, familiares que nos visitan. El poblador local tiene que viajar en colectivo, ir a realizarse análisis, hacer compras, trabajar y seguir trabajando “a pesar de” para mantener el empleo, muchas de las veces no registrado, los trescientos sesenta y cinco días del año. El turista “trae” consigo sus condiciones materiales y simbólicas de existencia. Si es alguien que niega o resiste las prevenciones sobre el coronavirus en su lugar de residencia, las reproducirá en el sitio visitado seguramente.  Que no haya un “significativo” número de turistas entre los contagiados, tenemos que dimensionarlo en la estadía promedio de los turistas en la época estival. Las cifras que aporta el ya mencionado Observatorio Turístico local, en el año último verano del 2020 la estadía promedio fue entre 5,48 y 4,73 noches. Podemos inferir que, no alcanzan a desarrollar la enfermedad en el lugar visitado, en caso de contagiarse, si pueden llevarla consigo cuando regresan a su lugar de origen. Y aquí viene lo más importante, al superponer estos datos con la procedencia, la ciudad de Neuquén representó en diciembre el 40% y en enero el 30%. En otras palabras, se está promoviendo una circulación de personas entre la dos principales ciudades con mayor número de casos de la provincia, cuando el sistema de salud es uno solo e integrado.

Como una continuidad de un posicionamiento que comenzó en la década de los ´90, la participación del Estado en el desarrollo de la actividad turística ha dejado literalmente que el sector se autorregule. En el caso del turismo en pandemia, se ha reproducido una lógica similar, en cuanto a dejar que el mayor peso recaiga sobre los propios pobladores y/o visitantes. Se remarca la “Responsabilidad Social – Individual” como fundamento para controlar la expansión del coronavirus. Esta depende de la “conciencia” de la persona, su visión del mundo y conducta/comportamiento posterior. Cuando se debería insistir en la “Responsabilidad Colectiva”, a diferencia de la anterior, está marcada por la intervención del Estado, ejerciendo sus funciones de administración y control. Ante una situación extrema como un conflicto armado, una catástrofe natural o una pandemia, es el Estado el garante del cumplimiento de las normativas (no solo recomendaciones), que refieran a los actos individuales que puedan potencialmente o de acto, perjudicar a terceros.

La pandemia mostró la fragilidad / vulnerabilidad de esta actividad, que pone en discusión la sobreespecialización de una ciudad con el “monocultivo” del turismo. Esta fragilidad se basa en la característica del turismo y el desplazamiento de las personas. Turismo y pandemia coinciden en la circulación humana, que favorece su expansión. Se oponen entre sí. 

Antes que pensar en la “marca” que posicione a San Martín de los Andes como “Destino Seguro”, hay que replantear un diagnóstico sanitario de toda la localidad. Una evaluación general sobre la infraestructura y del personal profesional, para su población residente antes de una temporada. La experiencia europea, siempre tan admirada en diversas ocasiones, pero no tanto esta vez, ha servido para tener un panorama por anticipado -el famoso “diario del lunes”-, de lo que sucedió con la combinación de la relajación de las condiciones, realización de festivales y principalmente la circulación en las vacaciones del verano boreal con el regreso de los turistas a su residencia. Un movimiento turístico que según la Organización Mundial del Turismo (OMT) fue solo de un 30 por ciento en comparación al año anterior. Así y todo, está comprobado que fue una de las razones de la segunda ola europea. Esta combinación dio origen a los graves problemas (cuarentenas estrictas, toques de queda, regreso a Fase 1, prohibición de circulación, clases suspendidas, etc.), que están enfrentando sin solución España, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia entre otros. Pasaron de la categoría “Destinos Seguros” a la “Zona de riesgo” sin escalas.

Vamos entrando paulatina y sostenidamente en dicha denominación de “Zona de riesgo”, al igual que los otros destinos turísticos de la región sur de la Provincia.  Aquí se debe poner en debate, por qué no está finalizado no solo el prometido hospital modular (entre cruces de Nación – Provincia y Municipio), también por qué no se ha avanzado en estos últimos diez meses en las obras del nuevo hospital en San Martín de los Andes -cabecera de la IV Zona Sanitaria, es decir de los Departamentos Huiliches, Lacar y Los Lagos-.

Hace dos meses planteábamos proyectar un turismo limitado en cuanto a cantidad y desplazamientos de turistas. Promover unas vacaciones sin muchas expectativas, de cercanía, realistas a la situación que nos enfrentamos. Fotos como las que circularon de la cantidad de autos estacionados en lugares como Yuco, Cascada Ñivinco o costa del Lolog, nos demuestran que los atractivos y senderos deben tener un límite al número turistas simultáneos. En forma complementaria, debería permitirse desplazamientos de cercanía y de un solo destino, controlados en serio (los turistas confirman que al ingreso a la Provincia o a nuestra localidad no se pide la aplicación ni declaración jurada).

El extractivismo no se relaciona únicamente con la masificación del turismo, o la maximización de la rentabilidad y actividades capital-intensivas. También se da, cuando se coloca al negocio sobre el ser humano y las personas se convierten en recursos económicos intercambiables. Esta deshumanización promovida por el neoliberalismo, nos lleva a replantearnos una individualidad, cada vez más centrada en una disputa contra los intereses del colectivo, lo personal versus la sociedad.

 ¿Cuál es el “valor” de la vida humana? Que la pandemia no nos convierta en seres “desechables”.

Notas relacionadas, por Marcelo Impemba:

https://eltabanodigital.com/san-martin-de-los-andes-destino-seguro-o-zona-de-riesgo-primera-parte
https://eltabanodigital.com/pandemia-y-cuarentena-turistica/

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